Silvia Raquel Zamar
Manuela. La que a sus quince años se casó con Cayetano en un barco de migrantes, la que recorrió el Atlántico, cruzó en carreta Panamá y en barco descendió por el Pacífico hasta Chile. La que llegó a Jujuy y sembró sus tierras, tuvo hijos y vivió el resto de sus días en una finca de Barrio Belgrano.
Un hilo de cometa la enlaza con el presente, una reverberación de felicidad que ella encendió hace un siglo brilla aún en los ojos de su nieto Jorge, Yoyi, cuando relata esta pequeña historia.
Él tiene la misma edad que Manuela 70 años atrás, el tiempo en que sucedió este relato. ¿Por qué lo cuenta? Porque cree en su profecía cumplida.
Recuerda con nostalgia cuánto disfrutaba fabricar barriletes, siempre en un lugar escondido para sorprender a sus amigos. La competencia consistía en demostrar quién podía hacerlo volar más alto o cuál era el más lindo de todos. En esos temas andaba cuando pasó su abuela a buscarlo para que la acompañara hasta el centro a visitar al médico. Caminaron juntos por senderos zigzagueantes y empinados rodeados de arbustos, pasaron por el molino y la casilla del guarda barreras. Manuela se lamentaba, un poco dolorida, porque no había ninguna escalera para salvar la gran diferencia de nivel entre el barrio y el resto de la ciudad. Jorge, simpático y soñador la consolaba con estas palabras lanzadas a viva voz:
–¡Ya vas a ver, abuela, yo te voy a construir la cometa más grande del mundo y vas a poder subir y llegar a ver al médico cuando quieras!
–¡Changuito atorrante!, no te burles, seguro que una cometa gigante no es la solución. ¡Tonterías! –reía Manuela.
Hace muy poco, junto a su casa en el Barrio Belgrano, se construyó un ascensor urbano. A Yoyi el recuerdo le brotó y con él la idea del nombre. Mientras subraya con su mano en el aire este título: Nuevo ascensor “La cometa de Manuela “, su niño interior repite y repite ¿Ves abuela? ¿Ves abuela?